Me desperté durante la madrugada, como si algún ente invisible hubiera decidido desvelarme para oír algo de música. No entendía nada: hacía año y medio que no probaba el café; no tenía inquietudes, apenas tenía problemas y no conocía el mal de amores. Era uno de esos solteros felices que viven en una casa decimonónica conociendo las ventajas y las desventajas de la soledad. ¿Quién diablos se había atrevido a apropiarse de mi sueño?
Tenía los pies realmente fríos, así que me levanté, bajé al salón, encendí la chimenea y me quedé enfrente, caviloso.
Para mí resultaba un auténtico placer caminar por aquella vieja casa que me habían dejado en herencia, sus suelos de madera tenían un crujir muy agradable; además, estaba fascinado por aquel olor a antigüedad que desprendían todos los rincones del edificio.
Me hallaba delante de un gran reloj de pared que presidía el salón de la casa, marcaba las tres y dieciséis. A aquellas intempestivas horas sus ruidosos segundos resultaban eternos, y el clima de reposo que se respiraba en la casa me permitía pensar con absoluta claridad. Recordé entonces un hermoso baúl que siempre me había pertenecido, un mueble lleno recuerdos de mi niñez; me acerqué para abrirlo y, tras volver al pasado mediante algunos escritos y pequeños objetos de mi adolescencia, centré mi mirada en un desgastado acordeón que sí parecía vivir una auténtica eternidad. ¡Era él!, lo abracé ipso facto. Hacía tanto que no lo había visto que me pareció más pequeño que el acordeón que mi recuerdo conocía. Hacía tanto que no lo había tocado, que sus deslucidas teclas –totalmente cubiertas de polvo– apenas me reconocieron.
Ahora sí que había desaparecido el sueño por completo, el entusiasmo se lo había llevado. Llegué hasta mi habitación, me vestí en treinta y dos segundos, agarré mi acordeón y salí corriendo hacia la azotea. Tenía ganas de volver a oír el sonido del instrumento que consiguió llenar mis horas y hacerme feliz varias décadas atrás. Me senté y empecé a tocar: la nostalgia me invadió de inmediato. Aquella dulce melodía que todavía sabía interpretar me transportaba directamente a mi infancia. Podía ver a mi padre tocando aquella música, mientras mi madre descansaba y yo correteaba por la casa. Hay algo en lo que me fijaba de pequeño y todavía sigo apreciando: resulta que la magia que envuelve a los acordeones, en realidad, es el sonido de las teclas golpeando; el que se esconde detrás de las notas para así dotarlas de auténtico encanto.
Aquella noche la pasé tocando el viejo acordeón, que continuaba haciéndome sentir un mago. Sus teclas todavía emitían ese delicioso sonido capaz de encandilar y alimentar el romanticismo de un soltero.
Lo tengo decidido: mañana por la mañana me acercaré hasta la tienda de música, quiero regalarle un acordeón a mi hijo.
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