El acordeonista argentino Raúl Barboza ofrece en su disco “Invierno en París” un repertorio con distintos “climas de ánimo y colores musicales” que grabó a dúo con el fallecido guitarrista Horacio Castillo en la capital francesa, en la que vive.
El disco comienza y termina con dos versiones distintas del tema que da título al álbum, la primera más melancólica, inspirada en la dureza de los inviernos en Europa, y la segunda más alegre, con más color, asegura el artista que exportó a Francia la música chamamé, folclore musical de Corrientes, la provincia de sus padres.
“Invierno en París” se grabó en un sólo día, gracias al diálogo musical entre Barboza y Castillo e incluye una canción dedicada al maestro del tango Astor Piazzolla, amigo que ayudó a Barboza en sus inicios en París, hace 22 años, recuerda. El artista, que confiesa haber hecho del acordeón que toca desde los 12 años una herramienta con la que narrar una vida de constantes viajes, vive desde entonces entre Francia y Argentina.
Un año más las recoletas salas del Museo Gaya se han visto desbordadas por un público dispuesto a honrar la memoria de su titular a través de un arte tan cercano al corazón y a la pintura del maestro como el de la música. En esta ocasión la propuesta podríamos calificar de arriesgada, en tanto que el acordeón, por sus propias características podía parecer un elem
ento discordante y hasta contradictorio con las finas esencias de las pinturas expuestas en las salas del Museo.
Nada más lejano a la realidad, desde el momento mismo en el que Jesús Mozo-Colmenero nos hizo escuchar las dos célebres Sonatas de Domenico Scarlatti, el ambiente en distintos paisajes sonoros. Porque a renglón seguido, pudimos sentir la grandiosidad catedralicia del órgano de Bach, en una suerte de transfiguración de uno de sus más excelsos Preludios y Fugas organísticos, el catalogado como BWV 851, para entrar después en la tierna y sentimental Andaluza de Granados, en la que el artista no se cortó en adornarla de muy particulares suspiros.
Con fino e inteligente criterio el acordeón nos trasladó luego a las orillas del Sena y terminar evocando al mismísimo Lautrec, a través de tres valses muy logrados del uruguayo Jorge Taramasco residente en España, y desembocar en la tercera Sonata de Wladislaw Solotarjow , una espléndida composición que quiere plasmar las inmensas posibilidades de todo tipo que ofrece el acordeón y en la que este joven intérprete, que acaba de ser recuperado por nuestro Conservatorio para honra de cuantos cumplen tareas pedagógicas en sus aulas, exhibió una alta calidad virtuosística y musical.
Como final, escuchamos una estupenda página de Zubitsky, otro de los compositores rusos clásicos en este repertorio, en homenaje a Astor Piazzolla con lo que el recital vino a concluir en un ambiente tan grato y placentero como el que había tenido lugar al comienzo de la sesión, y sobre el que no será preciso añadir que discurrió entre los incesantes aplausos de una concurrencia tan atenta como consciente de la deslumbradora capacidad artística de la que en todo momento hizo gala este joven acordeonista.
Fuente: Octavio de Juan.www.laverdad.es